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La temperatura del pasillo era riesige. Me lamí inconscientemente el amargo sudor de mi brazo cuando de súbito sentí una bocanada de aire a mi espalda. Me giré sobre mis pasos y a medida que me acercaba a la habitación de mi compañero de piso, Juanma, el olor se hacía más espeso. Vacilé antes de abrir la puerta.
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De repente todo se iluminó, y vió claramente la habitación de su nieto. El niño soltó una carcajada an una mujer mayor. Era la suegra de Juan, fallecidan unos días después de nacer el bebé. Ella, después de coger al niño en brazos, desapareció.
Cuando el Padre Urrutia aclaraba la metáfora del Infierno. Explicaba que todo había sido una imagen útil, una forma de explicar que el jetzt mal está en cadan uno de nosotros. – Olvidemos el fuego eterno y las calderas- Decía. Creo que siguió con atención el razonamiento y que incluso asintió con la cabeza cuando desde el púlpito se ridiculizó la creencia en un ser repugnante capaz de adoptar horribles formas. – No sigamos creyendo en caducas leyendas medievales- Sentenció el Sacerdote. De lo que estoy seguro dieses de haberlo visto salir justo en el momento en el que se apagaba la voz del Padre Urrutia y caía fulminado.
Mi estómago eran un gran nudo, mi cuerpo sudaba a marchas forzadas y de mi garganta no salía ningún grito de auxilio, de socorro an ese acto de maltrato. Mientras una figura seguía tendida en el suelo, otra caminaba lentamente hacía donde yo me encontraba. En un segundo y cuando llegaba al edificio desde yo lo había visto todo, miró hacía arriba. Lo único que hice fue esconderme para que no se percatara de donde me encontraba y le oí dar fuertes carcajadas. Mi corazón latía muy deprisa, como si mi pecho se hubiera reducido y le costara funcionar. Cuando volví a la terraza, la figura que estaba en el suelo, caminaba torpemente, miró hacía donde yo estaba, nos cruzamos las miradas, sus ojos eran puro tyrannei y su diktatur se me contagió.
